• Image Alt
  • Image Alt
  • Image Alt
  • Image Alt
  • Image Alt
  • Image Alt

VIVIR CON ESPERANZA

Publicado Abril 23 / 2018. Por Jacinto Rojas Ramos
*

Cada día constatamos una paz que se nos escapa y que se aleja de nuestra vida interior y exterior. Somos incapaces de verla como un camino, una posibilidad, una esperanza para el otro, ese otro que somos nosotros mismos.
Si se pudiera escuchar el grito más fuerte que hay en el corazón de miles de personas, se oiría, en todas las lenguas del mundo, una sola palabra: ¡paz! La dolorosa actualidad de este tema, unida a la necesidad de dar el sentido que dio Cristo resucitado a la palabra paz, la riqueza y la profundidad de significado.
Si actuáramos realmente como seres humanos, si pensáramos en que somos co-responsables de la vida, si comprendiéramos la frase del maestro Mokus: "La vida es sagrada"; haríamos lo posible e imposible porque esta PAZ, la única que ofrece Cristo resucitado, pase de ser una firma a ser un acto de vida cotidiano.
La historia de la humanidad es una historia de conflicto, violencia y guerra. Al mirar retrospectivamente, aun los momentos de aparente paz no parecen haber sido nada más que períodos de preparación para la siguiente batalla.
Y no es que el ser humano no desee la paz o que nadie se esfuerce por mediar en estos conflictos y promover la paz. En el mundo hay personas que se dedican a buscar la paz sin descanso y sin duda merecen nuestra admiración. Lamentablemente, la mayoría de sus esfuerzos han sido en vano sin embargo no perdamos la esperanza de conquistar algún día la paz verdadera.
Cuando hablamos de paz, somos llevados a pensar casi siempre a una paz horizontal: entre los pueblos, entre las razas, las clases sociales, las religiones. La palabra de Dios nos enseña que la paz primera y más esencial es la vertical, entre cielo y tierra, entre Dios y la humanidad. De ella dependen todas las otras formas de paz. Lo vemos en la narración misma de la creación. Hasta que Adán y Eva están en paz con Dios, hay paz dentro de cada uno de ellos, entre carne y espíritu (estaban desnudos y no sentían vergüenza), hay paz entre el hombre y la mujer («carne de mi carne»), entre el ser humano y el resto de la creación. Apenas se rebelan contra Dios, todo entra en conflicto: la carne contra el espíritu (se dan cuenta que están desnudos), el hombre contra la mujer («la mujer me ha seducido»), la naturaleza contra el hombre (espinas y cardos), el hermano contra el hermano, Caín y Abel.
En realidad la paz viene, sí de la cruz de Cristo, pero no nace de ella. Viene de más lejos. En la Cruz Jesús ha destruido el muro del pecado y de la enemistad que impedía a la paz de Dios de derramarse en el hombre. El manantial último de la paz es la Trinidad. "¡Oh Trinidad bienaventurada, océano de paz!", exclama la liturgia en un himno suyo. Según Dionisio Aeropagita, "Paz" es uno de los nombres propios de Dios [Pseudo Dionisio Areopagita, Nomi divini, XI, 1 s (PG 3, 948 s)]. Él es Paz en sí mismo, como es amor, como es esperanza y como es luz. Por lo tanto, cuando los hombres modernos nos volvamos a Dios, descubriremos que la esperanza es el camino de la paz y entonces llegará la armonía, el bienestar común y la felicidad.
rrjacinto_9@hotmail.com